CUANDO EL AMOR AVERG├ťENZA
_Silvia Ons

Elena es una joven de 16 años, padece una amenorrea que no es producto de su voluntad de perder peso, es decir que la anorexia-no extrema- no se debe a quiere ser delgada. Simplemente no tiene apetito, come poco, aunque quiere ganar peso.

Ha sufrido operaciones desde muy chica debido a un problema en la columna, las intervenciones han sido exitosas, pero para ella tiene actualidad el bullying que dice haber experimentado cuando era niña. A pesar de tener un rostro bello, se queja y con relación a la imagen general lamenta su estatura y sus senos pequeños. Pese a la armonía que se constata en su figura, el espejo le devuelve solo imperfecciones. Le digo que el bullying se lo hace ella misma.

La pandemia y el confinamiento tornó más cercano el contacto con sus padres, almuerzos y cenas compartidas, presencia en la casa y demasiada proximidad. Comenta que su cuerpo ha sido siempre cotejado por su padre con el de sus amigas altas y con más formas. Sus dos padres son profesionales destacados, el padre desde hace años tiene una fuerte adicción al alcohol y en las comidas asoma una verborragia feroz y obscena donde, además, nada se salva de las críticas. Le digo: "Cerrar la boca que tu padre no cierra".

Se refugia en su cuarto y es allí donde surge el apetito no solo por el alimento sino por la sexualidad. Me confiesa que tiene sexo virtual con un joven de otro país en una lengua desconocida por sus padres y que esto ocurre todas las noches, allí puede desnudarse y con el efecto sensor del zoom que borra imperfecciones entregarse sin más al juego erótico. Antes había tenido un novio, pero sin relaciones sexuales y sin la intensidad que experimenta con este joven, amparada en la pantalla, se levantan sus inhibiciones.

Cuenta un sueño: "Estoy medio dormida, de pronto la puerta de la habitación se abre, entra una persona con intenciones físicas y comienza a burlarse de mi relación con Louis".

Louis es el joven con el que mantiene el sexo virtual, le pregunto si esa persona se burlaba de eso y ella dice que no, que la burla se debía a que se había enganchado. A partir de aquí la temática cambia de signo: ya no será el tema del cuerpo sino el tema de amor.

Las intenciones físicas son asociadas a las operaciones vividas en la infancia en las que el padre estaba presente ya que es cirujano. Tales intervenciones dejaron como saldo una convulsión que adviene cada vez que le extraen sangre o al ver una herida.

Elena tiene un cuerpo tomado por la oralidad paterna y por el saber médico, pero sus síntomas no responden a ese corpus: ni el peso ni los valores hormonales justifican la amenorrea, como tampoco los exámenes neurológicos, la convulsión.

Llasègue[1] describe a la anorexia en 1873; su ingreso en la nosografía psiquiátrica, es solidaria al de la histeria. Años más tarde, en el Manuscrito G[2], dice Freud que la neurosis alimentaria paralela a la melancolía, es la anorexia:

"La famosa anorexia nerviosa de las niñas jóvenes me parece una melancolía en presencia de una sexualidad no desarrollada" ... Pérdida de apetito en lo sexual, pérdida de libido".

Freud no acentúa tanto la oralidad en sí misma, sino el punto melancólico ante sexualidad incipiente.

Más allá de este caso, pero en cierta relación con el mismo, el factor desencadenante puede aislarse con bastante precisión y se recorta en torno a frases intrusivas que exaltan el nuevo cuerpo de la púber, tal exclamación hiere el pudor, quiebra los velos. A diferencia del piropo, que viste al cuerpo de metáforas, la obscenidad lo desnuda. El epíteto resalta el lugar de la joven como objeto sin la mediación del "verso amoroso", el desenlace sigue una secuencia regular, en lo sucesivo la muchacha intentará hacer desaparecer las turgencias del cuerpo que provocaron esa manifestación de goce. Imposible no retrotraernos a la conferencia sobre el piropo que Miller pronunció en Venezuela[3]. El piropo no opera mediante una referencia directa a la relación sexual, apunta, de manera lateral a elementos secundarios y subalternos. La alusión resalta el brillo de la belleza, juega con el sin sentido que atrae como tal significaciones mucho más amplias y frescas que las que la descripción pura y simple podría proporcionar. Lo que lo separa de la grosería es su carácter de agudeza, el mensaje no figura en una forma fija y reconocida en el código y requiere la sanción del Otro. El piropeador es el hombre en tanto no renuncia a hacerse oír por el Otro encarnado en la mujer.

Hoy en día, las feministas se levantan contra ese lenguaje abusivo dirigido al cuerpo de una mujer, y que hay que diferenciar del piropo ya que a veces, en esas reivindicaciones, se los equipara

A Elena, la pantalla le permite velar ese cuerpo vivido como desnudo y acceder a una erogeneidad aún virtual, pero ha sido el viraje hacia el tema amoroso -que luego comenzó a ser hablado con el joven- lo que le permitió separarse de la boca del Otro. Vale recordar aquello que afirma Eric Laurent:

"Se le pide al sujeto de la civilización no tener más vergüenza de su goce, sino de su deseo y de los significantes maestros con los cuales él se anudó. Es una demanda del superyó contemporáneo, que lleva en ella los gérmenes de su destrucción "[4].

Notablemente los jóvenes actuales no se avergüenzan tanto de los goces, pero si del amor, en este caso su confesión fue quien ruborizó los dos rostros -el de ella y el del joven- y la pantalla no pudo ocultarlos. Luego llegó la menstruación.

NOTAS

  1. Introducción al texto de CH. Lasègue sobre la anorexia histérica. Vertex. Rev. Argentina de Psiquiatría N 2, Dic 1991.
  2. Freud, S; "Fragmentos de la correspondencia con Fliess", Manuscrito G., Tomo I, Obras Completas, Bs As., Amorrortu editores, 1989, p 240.
  3. Miller, J.- A, "El piropo: Psicoanálisis y lenguaje" Conferencias Caraqueñas. Traducción: J. L. Delmont- Mauri, Bs As, Manantial, 1984.
  4. Laurent, E., "El honor común del ser hablante", en Ciudades analíticas, Bs .As. Tres haches, 2004, p.156