EL ANALISTA, SU ANALISIS Y EL FACTOR FEMENINO
_S├ęrgio Laia [1]

En la parte VII de "Análisis terminable e interminable", Freud comienza citando nominalmente a Ferenczi y lo hace por segunda vez en este texto[2], sin contar la evocación no nominal, en la parte II, en relación al caso del paciente que lo había acusado de no darle un "análisis completo" porque no le advirtió de las "posibilidades de una transferencia negativa" (p. 321-322). Comprobamos entonces cuanto Freud, en "Análisis terminable e interminable" (1937), retomaba aspectos importantes de la trayectoria de aquél que, fallecido cinco años antes de la publicación de este texto, también había sido analizante suyo. Esta insistencia nos muestra la pertinencia del título, teniendo en cuenta los que se consideran los cinco "casos clínicos" freudianos, elegido por Cottet para uno de sus luminosos artículos, elaborado sobre todo a partir de la correspondencia Freud-Ferenczi: "Un sexto psicoanálisis de Freud: el caso Ferenczi"[3]. A su vez, Stevens también escribió un breve y precioso artículo sobre cómo Freud, más concretamente en "Análisis terminable e interminable", responde a este analizando y colega[4].

 

Una primera aproximación al infinito

La referencia freudiana a Ferenczi, en la parte VII, es un texto sobre el fin del análisis, presentado por este analista, en 1927, en el X Congreso Internacional de Psicoanálisis[5], es decir, diez años antes de la publicación de "Análisis terminable e interminable". Es citado un pasaje en el que Ferenczi hace una distinción entre análisis y un "'proceso interminable'", dando la posibilidad de encontrar un "'término natural'" para el tratamiento analítico, "'con conocimientos técnicos adecuados y la paciencia del analista'". (pág. 354)[6]. A su vez, Freud utiliza esta formulación ferencziana para enfatizar cuánto de una advertencia habría allí para que la "meta" sea "la profundización del análisis" y no su "acortamiento" (p. 354). Trátase de un énfasis a la vez con y en contra de Ferenczi porque este último, sin dar mucho espacio a la profundización sostenida por Freud, tampoco deja de concebir, a través de la llamada técnica activa y el uso de la hipnosis en su concepción de "Análisis mutuo" (criticados en el último párrafo de la parte III de "Análisis terminable e interminable", p. 333), una posibilidad de abreviar los análisis.

En la parte VII de "Análisis terminable e interminable", Freud también destaca de Ferenczi la "valiosa puntualización" (p. 248) de que un analista puede aprender de sus fracasos, así como adquirir dominio sobre sus puntos débiles. Esta observación permite a Freud añadir, al tema del fin de análisis, la importancia de lo que llamamos el análisis personal del propio analista y de formación analítica, para afrontar los desafíos inherentes a cada análisis: "no sólo la complexión yoica del paciente: también la peculiaridad del analista demanda su lugar entre los factores que influyen sobre las perspectivas de la cura analítica y dificultan esta tal como lo hacen las resistencias" (p. 249). En otras palabras: lo que se abre como perspectivas e incluso lo que se presenta como dificultades en un tratamiento psicoanalítico tienen alguna relación con el analista mismo, no son de responsabilidad exclusiva del analizando.

Inmediatamente después de este énfasis en lo que, concerniente al analista, podrá contribuir - o no - a un tratamiento conducido por él, todavía se destaca lo que, sin embargo, muchos post-freudianos, apoyados en una supuesta asepsia producida por el análisis en el inconsciente del analista, prefirieron ignorar: el análisis y la formación de los analistas no garantiza que hayan "alcanzado por entero en su propia personalidad la medida de normalidad psíquica" (p. 249). Freud recuerda incluso que muchas críticas utilizan las fallas en la supuesta normalidad de los analistas para apoyar una oposición al psicoanálisis. Respondiendo a tal oposición, Freud establece una distinción entre lo que opera analíticamente como una especie de arte (en el sentido de un hacer, de una práctica) y quién se dedica a ello: "los analistas son personas que han aprendido a ejercer un arte determinado y, junto a ello, tienen derecho a ser hombres como los demás" (p. 249).

En otra parte de su argumento contra este tipo de oposición al psicoanálisis, Freud nos recuerda que el hecho de que un médico no tenga sus propios órganos sanos no le impediría ejercer la medicina, pero también señala que – a diferencia de lo que puede suceder a los médicos, por ejemplo, en la clínica médica – "el analista, a consecuencia de las particulares condiciones del trabajo analítico, será efectivamente estorbado por sus propios defectos" porque estos últimos pueden implicar dificultades "para asir de manera correcta las constelaciones del paciente y reaccionar ante ellas con arreglo a fines" (p. 249). Por tanto, según Freud, hay efectivamente alguna razón para "que al analista se le exija, como parte de su prueba de aptitud, una medida más alta de normalidad y de corrección anímicas", y este tipo de diferencia que presenta un analista en relación con sus pacientes también le permite "servir al paciente como modelo en ciertas situaciones analíticas, y como maestro en otras" (p. 249). Finalmente, se resalta la importancia del análisis personal para el ejercicio del "amor por la verdad", mediante el cual un analista afronta lo que se presenta, en los tratamientos que conduce, como "ilusión y engaño" (p. 249).

Aun así, esta "medida más alta de normalidad y de corrección anímicas" (p. 249) (mencionado por Freud sobre el analista) no debe, en mi opinión, separarse de las elaboraciones presentadas anteriormente en "Análisis terminable e interminable" de que la normalidad es un ideal, es decir, sigue siendo una ilusión que engaña la dimensión real que la satisfacción pulsional conlleva en la vida humana. Continuando con estas elaboraciones, la parte VII de "Análisis terminable e interminable" también distancia la práctica analítica y la perspectiva de un ideal: analizar, juntamente con educar y gobernar, designan tres "profesiones 'imposibles'" (p. 249). Por tanto, en términos freudianos, sostengo que, si el analista pudo situarse freudianamente como profesor o incluso como modelo para los pacientes, estas posiciones de profesor y modelo no lo separan de la imposibilidad que implica educar, gobernar y analizar.

Es cierto que Freud enfatizará la importancia del análisis personal del analista para la práctica del psicoanálisis y calificará este "análisis propio" como una "aptitud ideal que le hace falta en su profesión" (p. 250). Sin embargo, esta calificación como ideal no deja de lado, a mi juicio, lo imposible a lo que la práctica del análisis llama a cada analista: desde el inicio de "Análisis terminable e interminable", el análisis se presenta como un tratamiento de largo plazo y, en la parte VII de ese mismo texto, con respecto más específicamente al análisis del analista, Freud afirma que aquel "sólo puede ser breve e incompleto" (p. 250). Esta brevedad y esta incompletitud no son una contradicción con la larga duración que implica un análisis: señalan, en mi opinión, que - delante de lo imposible de analizar - por muy largo que sea el análisis de un analista, siempre será breve e incompleta, requiriendo, por tanto, de cada analista, lo que luego será la misma orientación sostenida por Lacan - la formación analítica es una formación infinita. Por tanto, para un analista, el análisis es infinito no porque no tenga fin, sino porque, orientado por lo imposible del acto de análisis, un analista responde a esta imposibilidad tomando su propia formación como analista como infinita - el análisis infinito tiene que ver con lo imposible a lo que la práctica del psicoanálisis llama a cada analista, y no con la impotencia de un análisis llegar a su fin o con el aplazamiento indefinido de ese fin.

Otro ejemplo de que el análisis, incluido el análisis personal del analista, no destituye la supuesta normalidad de una dimensión ideal es lo que Freud nos presenta como conclusión de un análisis:

Cumple su cometido si instila en el aprendiz la firme convicción en la existencia de lo inconsciente, le proporciona las de otro modo increíbles percepciones de sí a raíz de la emergencia de lo reprimido, y le enseña, en una primera muestra, la técnica únicamente acreditada en la actividad analítica. (p. 250)

Aquí tenemos a un Freud que no deja de ser lacaniano avant la lettre: un análisis termina cuando ya no hay forma de negar la existencia del inconsciente y de cuánto esta existencia se presenta en los síntomas. Así, para llegar al final de un análisis, es fundamental creer en lo que presenta el síntoma, no sin oscuridad, como satisfacción.

La dimensión infinita incluida en este mismo fin también es destacada, una vez más, por Freud:

se cuenta con que las incitaciones recibidas en el análisis propio no han de finalizar una vez cesado aquel, con que los procesos de la recomposición del Yo continuarán de manera espontánea en el analizado y todas las ulteriores experiencias serán aprovechadas en el sentido que se acaba de adquirir. Ello en efecto acontece, y en la medida en que acontece otorga al analizado aptitud de analista. (p. 250).

De esta cita también considero posible sostener que la mención freudiana de la reformulación del Yo nos muestra que la alteración del yo que pretende un análisis no es el de fortalecer el yo y sus mecanismos de defensa, garantizándolo - siempre supuestamente e idealmente - un fortalecimiento que, de hecho, fracasa ante el factor cuantitativo[7] y las resistencias presentadas, a pesar del yo, por los propios conflictos pulsionales. Es una reformulación del yo que puede hacerlo compatible y, aún más, abierto a la dimensión real y, añadiría, infinita, del inconsciente mismo.

Leer "Análisis terminable e interminable", publicado en 1937, es también verificar cómo la experiencia de Freud con el psicoanálisis durante poco más de cuatro décadas le permitió ver cuánto los propios analistas, como Lacan demostrará más tarde con mayor radicalidad, se defienden del propio psicoanálisis. Al mencionar los conflictos que se dan entre analistas y que incluso comprometen los descubrimientos analíticos, Freud reconoce que "numerosos analistas han aprendido a aplicar unos mecanismos de defensa que les permiten desviar de la persona propia ciertas consecuencias y exigencias del análisis… de suerte que ellos mismos siguen siendo como son y pueden sustraerse del influjo crítico y rectificador de aquel" (p. 250). Pero, en lugar de ver este tipo de defensa perpetuada por los analistas contra el psicoanálisis como un fracaso del psicoanálisis, Freud lo asocia con lo que, también en "Análisis terminable e interminable", se aborda, en relación con todos y cada uno de los analizados (practicante o no del psicoanálisis), como factor cuantitativo y como exigencias pulsionales. En definitiva, los análisis personales de los analistas tampoco los liberan de las pulsiones y, por tanto, Freud sostiene lo siguiente:

No sería asombroso que el hecho de ocuparse constantemente de todo lo reprimido que en el alma humana pugna por libertarse conmoviera y despertara también en el analista todas aquellas exigencias pulsionales que de ordinario él es capaz de mantener en la sofocación. También estos son «peligros del análisis», que por cierto no amenazan al copartícipe pasivo [es decir, agrego literalmente: el paciente], sino al copartícipe activo de la situación analítica [es decir, también agrego literalmente: el analista], y no se debería dejar de salirles al paso. (p. 251).

Para este enfrentamiento, Freud vuelve a insistir en el análisis personal del analista e incluso lo concibe periódicamente: "quizá cada cinco años", un analista "debería hacerse de nuevo objeto de análisis periódicamente… sin avergonzarse por dar ese paso (p. 251). Considero posible, en este contexto, plantear una hipótesis, a ser mejor investigada en otra ocasión: el infinito est freudianamente tematizado a la manera de la famosa paradoja de Zenón sobre cómo la tortuga lenta logró vencer al veloz Aquiles en una carrera - a través de periodicidades quinquenales, se busca llegar al infinito fragmentándolo. Sin embargo, más importante que tomar como regla esta periodicidad quinquenal, es aprehender la lógica de cómo, una vez más, Freud demarca en qué medida el análisis del analista, incluso al finalizarse, no lo libera de la infinitud de su propia formación o, además, del cuánto un análisis no es solo una terapéutica que tiene como objetivo mejorar o incluso acabar con los síntomas que presenta el paciente. Ya tenemos, entonces, en Freud, en mi opinión, también alguna anticipación de la famosa reserva lacaniana de que un análisis no es solo una terapéutica, un tratamiento de síntomas, sino también lo que implica otro destino para la satisfacción pulsional presentada sintomáticamente. Esta anticipación freudiana me parece muy clara en el siguiente pasaje: en cuanto al analista, "el análisis propio también, y no sólo el análisis terapéutico de enfermos, se convertiría de una tarea terminable {finita} en una interminable {infinita)" (p. 251).

 

El infinito, todavía

La octava y última parte de "Análisis terminable e interminable" nos presenta otra modalidad del infinito que un análisis también tendrá que afrontar en su final. Tal infinitud se ubica a partir de que "dos temas se destaquen en particular y den guerra al analista", además de correlacionarse con lo que el propio Freud denomina "diferencia entre los sexos" (p. 251). Esto es lo que caracteriza el final del análisis para un "hombre" y para una "mujer", pero Freud también considera que, "a pesar de la diversidad de su contenido, son correspondientes manifiestos" y lo que, siendo "común a ambos sexos" terminó por ser "comprimido, en virtud de la diferencia entre los sexos, en una forma de expresión otra" (p. 251). Hay, por tanto, dos temas, dos contenidos, cada uno relacionado con uno de los géneros (masculino o femenino), pero la referencia freudiana a lo que les es común invita a verificar lo real que este tipo de división, duplicidad e incluso diferencia también puede esquivar.

Freud señala claramente cuáles son estos dos temas: "para la mujer, la envidia del pene —el positivo querer-alcanzar la posesión de un genital masculino—, y para el hombre, la revuelta contra su actitud pasiva o femenina hacia otro hombre" (252). Lo que es común a estos temas también se presenta con claridad: se trata del "complejo de castración", pero es crucial enfatizar cómo Freud no hace de la castración lo que concierne solo a mujeres y no a hombres porque no lo toma propiamente como una ausencia ni reduce el falo al órgano viril. Después de todo, tanto para un hombre como para una mujer, hay un rechazo de la feminidad, ya sea que este rechazo aparezca en la envidia relacionada con lo que los hombres tendrían y las mujeres no (primer tema), o la feminidad se asimile a una posición pasiva, especialmente de un hombre en relación con otro (segundo tema).

Freud también señala cómo, para los hombres, "la aspiración de masculinidad aparece desde el comienzo mismo y es por entero acorde con el yo", es decir, es compatible con las aspiraciones del yo de un hombre presentarse como hombre y, en el caso de las mujeres, dicha aspiración es también "acorde con el Yo", pero de una manera más puntual y circunscrita, es decir, "en cierta época, a saber, en la fase fálica, antes del desarrollo hacia la feminidad" (p. 252). El problema que, en términos de diferencia de género, afectaría particularmente a las mujeres y no a los hombres, pero que, en términos del elemento común (castración o, más específicamente, diferencia sexual), impacta a todos los seres sexuados es que la orientación para la feminidad siempre se choca con un elemento que me parece tan irreductible como la propia diferencia sexual: "el deseo de masculinidad se ha conservado en lo inconsciente y despliega desde la represión sus efectos perturbadores" (p. 252). Es decir, aunque los cuerpos sexuados experimenten la diferencia sexual, lo que insiste en el inconsciente es el "deseo de masculinidad" (p. 252), es decir, la aspiración de que el falo fuera verdaderamente universal y que, por tanto, no existiera la diferencia sexual y, más aún, que no tuviéramos que afrontar esta imposibilidad de proporción y equivalencia entre los sexos, posteriormente designada por Lacan como la inexistencia de la relación sexual. El inconsciente, por tanto, no deja de resistir a la diferencia sexual que, para los cuerpos sexuados, se presenta como lo que propongo llamar lo insólito de la feminidad.

En este contexto, por última vez en "Análisis terminable e interminable", Freud vuelve a Ferenczi y, más particularmente, a su texto sobre la finalización del análisis, mencionado al comienzo de la parte VII de "Análisis terminable e interminable". La aspiración de Ferenczi, destacada por Freud, es "para todo análisis exitoso, el requisito de haber dominado esos dos complejos" (p. 253), vividos por mujeres y por hombres, pero que es fundamentalmente un solo complejo, el de la castración, o más específicamente, la de lo que lo femenino presenta como radicalmente diferente, radicalmente Otro, para hombres, para mujeres y, más allá de este binarismo, para la aspiración propiamente masculina que insiste en el inconsciente. Nuevamente, Freud critica a Ferenczi cuando dice que Ferenczi es "demasiado exigente en este punto." (p. 253) al proponer la finalización de los análisis como una aceptación de la feminidad o de la diferencia sexual. En esta crítica, Freud tampoco desiste de interpretar lo que, en la parte II de "Análisis terminable e interminable", se evoca como la transferencia negativa de un analizando (Ferenczi) en relación con su analista (el mismo Freud): "El hombre no quiere someterse a un sustituto del padre, no quiere estar obligado a agradecerle, y por eso no quiere aceptar del médico la curación" (p. 253).

Finalmente, el último párrafo de "Análisis terminable e interminable" me parece resaltar la dimensión real de la feminidad, tomando su rechazo incluso como un "hecho biológico" (p. 254): la referencia freudiana a la biología muestra cuánto la diferencia sexual aparece en el desarrollo de los cuerpos como una transformación y así, al menos al principio, biológicamente, es como si no existiera como tal. Sin embargo, esta diferencia acaba imponiéndose a las anatomías de los cuerpos que, a su vez, utilizarían incluso el inconsciente para resistirse a ella. Freud no me parece fascinado por lo que él considera aparecer en la biología o incluso por lo que insiste en el inconsciente. Es una demostración, en mi opinión, de cuánto él demuestra que creer en el inconsciente es también ser sensible a los trucos, por así decirlo, que el propio inconsciente nos pone trampas, por ejemplo, al insistir en que el falo es universal cuando, en lo real de los cuerpos sexuados, lo que falla en esta universalización tampoco deja de ser experimentado. La diferencia sexual o, más concretamente, la feminidad, nos convoca a lo que es imposible de inscribirse, incluso inconscientemente, pero que aún se experimenta en la diversidad de los cuerpos y de los modos de satisfacción pulsional. Esta imposibilidad de inscripción y esta experiencia real en términos de goce son, en mi opinión, conjugadas por Freud en lo que él mismo llama el "gran enigma de la sexualidad" (p. 254).

Pasar por un análisis hasta llegar a su fin y, más aún, recorrer todo este camino, convertirse en analista, es hacerse siempre disponible para enfrentar el gran enigma de la sexualidad y, aquí, enfatizo que todo "siempre" - para ser efectivamente siempre - nos convoca al infinito. En este contexto, la feminidad acaba presentándose como más un "factor en el tratamiento analítico" (p. 254). Es curioso notar que Freud aborda la feminidad con el mismo término que, en "Análisis terminable e interminable", se refirió a las pulsiones: es un factor.

Porque son sensibles al infinito implicado en este nuevo factor que aparece incluso al final de un análisis y que Freud también deja para ser abordado al final de su "Análisis terminable e interminable", las últimas palabras de este texto son la siguiente: "Nos consolamos con la seguridad de haber ofrecido al analizado toda la incitación posible para reexaminar y variar su actitud frente a él", es decir, en relación a lo que yo llamaría, entonces, como el factor femenino. Cambiar la postura en relación a este factor, a diferencia de lo que proponía Ferenczi, no es dominarlo (de paso, agregaría, porque pocas cosas son tan masculinas como la dominación). Este cambio de postura, como el mismo Freud atestigua con "Análisis terminable e interminable", se muestra cuando un final de análisis nos permite dejarnos afectar - hasta el infinito - por el enigma que el factor femenino demarca en los cuerpos sexuados.

Traducción: Tainã Rocha

NOTAS

  1. Psicoanalista; Analista de la Escuela (AE - 2017-2020) y Analista Miembro de la Escuela (AME) por la Escola Brasileira de Psicanálise (EBP) e por la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).
  2. FREUD, S. Análisis terminable e interminable. (1937) In: ____. Obras Completas, Tomo XXIII, Buenos Aires: Amorrortu. p. 248. Para la primera vez en que Ferenczi es citado explicitamente por Freud, ver, en ese mismo texto, el final de la parte III, p. 233. A partir de la siguiente cita a este texto de Freud, la referencia al número de página se hará en el artículo mismo.
  3. COTTET, S. Une sixième psychanalyse de Freud: le cas Ferenczi. Ornicar? Revue du Champ Freudien, n. 50, p. 107-119, 2003. Los otros cinco "casos clínicos" serian Dora, El hombre de las Ratas, el pequeño Hans, Schreber y el Hombre de los Lobos.
  4. STEVENS, A. Les réponses de S. Freud à S. Ferenczi. La lettre mensuelle, n. 128, p. 5-7, avril 1994.
  5. FERENCZI, S. Le problème de la fin de l'analyse. In: ____. Oeuvres complètes 1927-1933, tome IV. Paris: Payot, p. 43-52. El texto fue publicado en el año siguiente a su presentación en un Congreso, en 1928.
  6. Utilizo, acá, la propia citación que Freud hace del texto de Ferenczi.
  7. Para la concepción freudiana del "factor cuantitativo", ver: FREUD, S. Análisis terminable e interminable (1937)…, p. 229-232, 237, 241.