LA OPACIDAD FEMENINA
_María Cristina Giraldo

La sombra en una mujer

Esconderme de la omnividencia materna en mi mundo de sombras fue mi primera estrategia contra el rechazo. Si hay rechazo es porque no hay separación del significante de la injuria, un significante en lo real al cual estaba identificada. Jugar al escondite me defendió de la invasión del goce del Otro y a la vez, en mi juego con los matices de las formas femeninas de la sombra, con su opacidad y su enigma, encontré una manera de separarme de ese tratamiento inmovilizante del objeto a. Esa solución me permitió pasar en mi experiencia de análisis del rechazo a la femineidad que la dejó en la sombra, en el primer amor adolescente, a saberme mujer, pero en fuga, como en la fuga musical. Conforman ese caleidoscopio con los matices de la sombra: el uso de la voz y del silencio, el des-cubrir ante la mirada del Otro, el velarme para mí misma, la inhibición, la autoría oculta, lo clandestino, el encontrar soluciones en el reverso y la opacidad del goce de mi solución sinthomática.

Las cartas de amor, uno de los velos al agujero de la no relación sexual y una manera de cubrir mi cuerpo con palabras, fueron también la manera en la que supe por primera vez del amor y del psicoanálisis. Cuando ingresé a la Facultad de Psicología, mi novio en la adolescencia, para celebrarlo, me regaló el epistolario de Freud a Marta. Lo indecible irrumpió en lo no escrito de esas cartas de mi primer amor adolescente, en la mudez y en lo imposible de decir pulsional. Ante los límites de ese amor cortés, irrumpe el cuerpo-agujero con su exigencia de inclusión de la carne en el circuito pulsional y, al no saber qué hacer con eso, demandé análisis por primera vez. Sólo en el tercer tramo de mi experiencia de análisis pude consentir a esa alteridad de lo real del goce que me hacía Otra para mí misma y para el hombre amado.

En mi largo recorrido analítico pasé de dejar en la sombra a la femineidad –de un lado servida de palabras de amor que mantenían el goce sexual en la oscuridad, y del otro lado al costo sacrificial de mi singularidad con un segundo hombre, el hombre estrago–, a tocar una nueva partitura en mi relación con lo real, a lo femenino que en mi pasa por un juego de sombras. El mismo me permite sentirme mujer, sin tener ninguna respuesta sobre la mujer que soy, con el enigma del amor como una claridad difusa, el del hombre amado que me vivifica con la risa, cuyo amor es en acto y, por tanto, las palabras de amor dejaron de ser la defensa al goce femenino y obtuvieron su eficacia en ese claroscuro que son el enigma y la alusión.

Dice Lacan: "Pero como respuesta a la palabra del hombre. Para ello es preciso que acierte. Que acierte con el hombre que le hable según su fantasma fundamental, el de ella. De este fantasma extrae efecto de amor a veces, de deseo siempre".[1] El novio de la adolescencia me dio la satisfacción fálica de las cartas de amor; esa complementariedad fantasmática se soportó en el despliegue de sentido gozado que me dio esa forma de la educación sentimental. El hombre estrago participó en esa relación imaginaria, de la construcción del cuerpo como falo imaginario para el Otro materno.

 

Saberme mujer, pero en fuga

Como he mostrado a lo largo del texto, no tuve uno sino varios tratamientos del goce femenino, y en el final del análisis no encontré un tratamiento al mismo que fuese definitivo, consistente o completo. No existe para mí una solución única, ninguna fórmula que me sirva de una vez y para siempre. ¿Qué quiere la mujer que soy? Si hubiera respuesta, la misma estaría en la lógica de lo decible y lo que yo quiero va más allá de mi deseo y comporta la mudez de lo indecible. Por eso hace letra en el cuerpo. Es mi manera de mostrar el goce femenino en relación con el S (A/ ), con el no-toda, con un goce distinto al goce fálico.

Es un alivio estar abierta a la invención con lo contingente, saberme mujer, pero en fuga, de manera distinta cada vez, como las presencias fugaces e imprevistas de los pájaros con sus patitas sueltas. Si hay un estilo que haga hilo serían las formas femeninas de lo oculto y sus matices en el no-todo: lo velado, lo semitranslúcido, el refugio de la sombra, lo claroscuro, la penumbra, el misterio, el des-cubrir en relación al saber, a la escritura y a lo femenino conforman mi universo de sombras sobre el que he puesto en este texto algo de la luz indirecta de la transmisión a lo invisible e indecible del goce femenino.

Me impacta constatar que aquello con lo que uno se las arregla al final estuvo desde el principio -los elementos a partir de los cuales construí mi sinthome -un esguince en la voz-, mediante un bricolage de las patitas sueltas del refugio en el amor del abuelo paterno -Juliopájaros- y el canto sin sentido- y que la satisfacción del final no se armó de la nada y se obtiene de pasar por ese más allá del placer que es la mortificación. "El buen uso del síntoma", dice Miller, "no es una experiencia de verdad. Es más bien del orden, si me atrevo a decirlo, de obtener placer del propio goce, de estar en sintonía con su goce".[2]

El no todo fálico del goce femenino me hace compañera de la soledad, de esa alteridad que ya no hace pareja con el Otro, como sucedía con las identificaciones fálicas que entraron en el fantasma.

Por distintas vías, mi posición femenina ha estado más del lado de la opacidad femenina, de las tonalidades de mis juegos femeninos con la sombra, de la claridad difusa con relación al amor y al goce femenino.

El tercer hombre -el hombre amado- abrió el enigma del Otro goce, la Otra satisfacción que es muda, indecible, fuera del sentido gozado de las palabras de amor, irrepresentable, sin metáfora, sin que sepa qué es lo que le demando, algo se escapa en ese más allá del falo y del fantasma, en la experiencia de satisfacción del goce del cuerpo. En lo invisible del goce femenino, en la opacidad sobre la mujer que soy, se operó una torsión que me permitió acceder a un amor en lo real, a amar el goce que tengo con el hombre amado y que mi partenaire no puede ni seguir, ni alcanzar, en tanto ambos goces son disparejos, lo que constituye la constatación cómica de la no paridad. Un hombre que me habla a contrapelo del uso del objeto voz de mi fantasma fundamental: la reducción del sentido, el silencio, la sorpresa, la risa. Cuando afirmo en broma que "soy una mujer al revés", hago referencia a esa singularidad que me diferencia del universal, según el cual todas las mujeres necesitan palabras de amor. La experiencia de satisfacción como respuesta a los actos de amor, son una de las maneras en que me siento mujer. Actos que son contingentes, irrepetibles, memorables, letras de goce en el cuerpo.

NOTAS

  1. Lacan, J., "Decolage o despegue de la Escuela", Escanción No. 1, Nueva serie, Manantial, Buenos Aires, 1989, p. 24.
  2. Miller, J.-A., "La teoría del partenaire", Revista Lacaniana de Psicoanálisis, EOL/Grama, No. 19, Buenos Aires, octubre de 2015, p. 73.